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Torpedo

 

Uno creería que la diferencia de tamaño entre una cama matrimonial y una King no sería tan basta, pero en la práctica la diferencia es abrumadora. A estas alturas Torpedo creía que nunca encontraría a Marcia, las sábanas se le enredaban entre los pies como sogas, las almohadas se amontonaban para formar valles y colinas, entre todo el caos encontró a uno de los gatos, tenía la cola atrapada en un nudo de sábanas-lianas-sogas, pensó en dejarlo, los maullidos desgarradores le hicieron retroceder entre la sabana que se formaba, al soltarlo Mauricio lo vio con desdén y salto tras una montaña de muñecos de terciopelo y felpa, -tonto- pensó al fin de cuentas que podría pasarle a un gato en una cama, pero Marcia era otra cosa, ella tenía la cabeza en la nubes la mayoría del tiempo, le gustaban los números y las historias románticas, la leche antes de dormir y los libros llenos de palabras retorcidas en idiomas que Torpedo nunca había escuchado, Marcia era muchas cosas pero definitivamente no era una sobreviviente, el cubrecamas era de lino finísimo que había mandado a traer de un país del lejano oriente, -le dijo, sabría Dios donde queda oriente, la luna estaba en su cenit, Marcia tenía problemas con el cigarro así que el mayor temor de Torpedo era que se pusiera a fumar sobre la cama al no encontrar el final de esta y le prendiera fuego a todo, así que acelero el ritmo al que se arrastraba por el insondable océano de tela que tenía delante, mientras lo hacía no podía dejar de pensar en que nunca debió decirle a Marcia que se llamaba Torpedo, pudo haberse liberado de la herencia del finado Don Augusto, en el momento en el que se presentó, pero le tuvo miedo y se ocultó tras la máscara del corte militar. Me llamo Torpedo, dijo sin voltearla a ver.

Don Augusto había nacido en un pueblo costero, y desde que el hambre se llevó a su hermano menor juro no quedarse a morir allí, cuando cumplió la edad mínima para subir a un navío le dejo a su mama su yoyo de madera de arce, cuarenta y cinco monedas de plata que había juntado trabajando a recoger mariscos en la costa en una barcaza viejísima, y la promesa de que no la olvidaría, ella lo vio con los ojos más amargos que vio nunca en una mujer, le dio un beso en la frente, dos panes secos que había escondido en la alacena y el consejo que lo llevo a donde obtendría el seudónimo de Torpedo. Los barcos de banderas azules, son barcos de pesca, -le dijo- los de banderas rojas son barcos de pasajeros, los de bandera celeste son los de la armada y son los únicos que ofrecen salida sin retorno a este puerto. La vida de militar era bastante cómoda, había comida los tres tiempos siempre que siguieras las órdenes, un catre donde dormir y un techo, también había educación para quienes no supieran leer, religión los sábados por la noche y unas cuantas monedas de plata al final del mes para los que siguieran en servicio. Así llego Don Augusto a la mayoría de edad, con las manos curtidas de halar la cuerda, lavar trapeadores y trastos, asear inodoros y tallar el casco de los barcos. Fue entonces cuando su oficial al mando le mando llamar, ahora que había completado su educación de cadete podía regresar a su pueblo o seguir la carrera militar, Don Augusto tenía claro que no regresaría nunca, así que escogió la armada. Aprendió a manejar fusiles, arpones, a cargar munición en los cañones de artillería y a ensamblar torpedos en las instalaciones en tierra. Se casó con Gabriela de Altagracia una mesera que conoció en uno de los incontables puertos que visito, Altagracia sabia la vida que le esperaba al lado de un militar por lo que nunca le reprocho que se vieran solo dos veces al año, con el pasar de los años tuvieron dos hijos Amelia y Vinicio, que criados bajo el ala de Altagracia recibieron educación civil, había una sola cosa que hacia infeliz la vida de Don Augusto, el maldito resorte del catre de su camarote, más de una vez se había pinchado una nalga y amanecido empapado en sangre, pero como buen militar se limitaba a limpiar y no quejarse. Fue una noche del 22 de mayo cuando Altagracia esperaba a su tercer hijo que Don Augusto conocería el miedo de la guerra. Las alarmas sonaron en todo el barco, un acorazado de tercera clase estaba al alcance del radar, las órdenes eran claras, cualquier embarcación en el perímetro debía ser destruida sin mediar palabras, se cargó un torpedo pero aunque el capitán dio la orden el proyectil nunca se disparó, la defensa en la corte marcial se declaró culpable de desacato y Don Augusto fue fusilado al amanecer, el resorte le había arrebatado las llaves de autorización de la bolsa por la noche y junto con ellas la vida. Fue hasta mucho después cuando el barco toco tierra que Altagracia sabría por boca del mismo capitán que su marido había salvado a su país de ir a la guerra, pero las reglas militares impedían que a Don Augusto se le perdonara la vida, su viuda por otro lado recibiría una pensión y las medallas que Torpedo padre no podría llevar y que posiblemente reclamaría desde el fondo del océano cuando los muertos volvieran a la vida, si alguna vez lo hacían. Altagracia entonces puso el seudónimo de su padre al no nato, Torpedo se llamaría y como su papa recibiría la educación militar por lo menos hasta la mayoría de edad, luego podría hacer lo que quisiera. Fue así que a diferencia de sus hermanos Torpedo recibió educación marcial, y al igual que Don Augusto continuo con la armada al llegar a la mayoría de edad,  para consuelo de Altagracia se aposto con las fuerzas de tierra en el fortín que alojaba el puerto, tenía dos días libres al final de cada quincena, días que utilizaba para visitar a Altagracia quien para ese entonces había cogido gusto por sembrar un huerto, por las noches salía tomar una copa o dos. Y sucedió que en una salida de un sábado por la noche conoció a Marcia.

Marcia no pudo contener una carcajada, Torpedo! –Exclamo-, pero al ver que nadie más reía con ella ceso de inmediato, fue a partir de allí que de alguna forma le presto más atención. Marcia era una mujer culta, espigada, de manos nudosas, con ojos color miel e igual de dulces, vivía con su padre en una casa de veinticinco cuartos, todos llenos de fotos de su madre, que había cambiado su vida por la de Marcia al nacer esta, le gustaba leer por las noches sentada en el sofá de cuero que su padre no toleraba. Aunque Marcia vivía con su padre, este seguía obsesionado con preservar los recuerdos de Marcela su esposa y madre de Marcia, tanto que descuido todo lo demás incluyéndola, salía por las noches influenciada por Estela a quien había conocido tiempo atrás cuando salía a caminar por la costa y tomaba recesos para llorar la soledad que aquella inmensa casa le transmitía, Estela era de tez canela y ojos tan negros como el mar a media noche, sabia bailar y cantaba por las madrugadas en un cabaret o eso decía, fue ella quien le enseño a fumar tabaco a Marcia, nunca la dejo embriagarse, Estela veía en Marcela a una señorita y las señoritas según decía no debían embriagarse fuera de casa, fue así que de la mano de Estela Marcia conoció a Torpedo en bar frecuentado por oficiales y soldados del fortín del puerto. Se casó con Torpedo un año después, cuando este accedió a dejar la armada. Dejo de ver a Estela poco después de casarse, escucho de las meseras que conoció a un extranjero y este se la llevo lejos, otras decían que regreso al pueblo en el que nació, lo cierto es que nunca la vio de nuevo, a veces no sabe si la imagino para no estar sola. En todo caso no se lo perdono, pero no podía enojarse con Estela así que la dejo vivir como un recuerdo que regresaba a ella cada vez que encendía un cigarro. Torpedo nunca le dijo nada, era hombre de pocas palabras, pero sabía que se ocultaba tras una almohada por las noches no para evitarle el sonido de sus ronquidos inaudibles sino para evitar el humo del tabaco en la madrugada, aun así tampoco parecía molestarle, por lo que nunca vio la necesidad de salir de la habitación o levantase de la cama para hacerlo.

Pensando en todo esto Torpedo llego al otro lado del inmenso océano de sábanas, telas y almohadas, el aire era más pesado de ese lado y tenía un deje de almizcle mezclado con tabaco, así, guiado por el aroma bordeo una colina y encontró una enorme formación de almohadas animales de felpa, ríos de tela corrían por los costados, el aroma era más fuerte y lo invitaba a entrar, pero Torpedo secretamente siempre le tuvo miedo a la oscuridad, allí adentro no podía haber más nada que una criatura que lo engullirla entero, seguramente Marcia ya había entrado y había sido capturada así que su deber como hombre era entrar y rescatarla, busco en los alrededores pero no encontró nada rígido, era el con sus manos desnudas contra la creatura que seguramente estaría hecha de esa detestable frazada que Marcia se negaba a tirar por ser un recuerdo de su madre, y en efecto la frazada estaba allí pero no había señal alguna de Marcia o la criatura. Salió avergonzado pero feliz de no encontrar nada. La luna ya no brillaba tanto así que apresuro el paso, cuando llego al extremo se dio cuenta que de alguna forma todas las historias que se contaban en la edad media eran ciertas, el mundo era plano y tenía un límite, las sábanas caían desde la orilla de la cama a la negrura infinita del piso, siguió por toda la orilla de esa cama-mundo hasta que vio a lo lejos un brillo pequeño y la encontró allí sentada sobre una almohada con Mauricio entre las piernas –A pesar de la inmensidad- le dijo, -Mauricio parece tener preferencia por amontonarse en mi regazo. Torpedo respiro profundo, y con vos cansada le dijo, creo que le he dado la vuelta al mundo hoy para encontrarte, atravesé una sabana, me abrí paso por incontables colinas, nade por un mar de tela como nunca vi otro, quien diría que una cama podría ser tan grande, omitió a propósito la caverna, nadie tenía que enterarse. –Te dije que sería una aventura –dijo- pero sabes cariño, primero deberíamos comprarla.

Fue entonces cuando Torpedo regreso en sí, parado frente a la cama tamaño King que Marcia quería comprar.

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