Aldavia
A mí quien me enseñó a retocar el cabello fue
Anayansi, la ayudante de la estilista de nuestro ducado Aldavia, regordeta de
ojos azules manos nerviosas pero firmes, nos conocimos de niños, fue para su
presentación en sociedad a los quince años que Anayansi fue elegida para la
escuela de estilistas del ducado, ser estilista –decía mi madre- era el atajo más
rápido hacia la clase media y con mucha habilidad a la capital real, pero a
costa de todo el futuro que se poseía por humilde que este fuera. Los
estilistas son personas de renombre, recibidos con dadiva en cualquier casa que
tenga relevancia para el reino, finos, con cortes extravagantes, esclavos de
quienes les costearon los estudios, aun en los ducados más ricos es muy difícil
ver más de dos o tres estilistas, la formación de un estilista toma cinco años
en la escuela de estilismo del reino que se encuentra en el palacio real,
desafortunadamente para entrar es necesario un certificado de competencia que
solo puede ser extendido por un estilista y debido a la escases de estos y al
inmenso contrato social que supone firmar una certificado de competencia los
estilistas solo certifican a sus aprendices, fue así que le arrebataron el
futuro a Anayansi a sus quince años cuando la duquesa de Aldavia la selecciono
como aprendiz de estilista para su casa.
Esther la estilista de Aldavia, era una mujer
de aspecto severo, de nariz ganchuda, ojos penetrantes, y facciones afiladas,
vestía siempre de negro, los rumores decían que tenía una afrenta personal con
la duquesa y que por tanto moriría antes de firmar la carta de competencia de
cualquiera a fin de fastidiarla, si bien Esther era insoportable a veces era
igual de necesaria y en ese momento el ducado aun no podía prescindir de sus
servicios puesto que no tenían la seguridad de que los aprendices regresaran
del palacio. En contadas ocasiones el día de retorno de un aprendiz se
presentaba una comitiva del rey, el mensajero entregaba una carta, agradeciendo
su maravilloso aporte a la alta realeza y traían consigo un cofre lleno de oro,
joyas y telas finísimas que competían sin duda alguna con lo mejor que tenían
los ducados en sus cámaras abovedadas como pago por el maravilloso estilista
que el ducado había entregado al rey.
Aunque Anayansi apenas podía tomar las tijeras
cuando comenzó a practicar en poco tiempo demostró una habilidad digna de un
estilista real, era muy obediente, y sabia tomar decisiones rápidas sobre
estilo al ver a cualquier persona, sorprendido por esto le suplique que me
enseñara las bases del estilismo, para de alguna forma labrar mi camino hacia
la alta alcurnia, Anayansi tan noble como siempre sacaba las tijeras los
sábados, el único día que le era permitido vestir con cinturón. Nos
encontrábamos junto al viejo molino en el arroyo seco, y allí bajo ese techo de
mimbre apenas sostenido por las cuatro paredes mugrientas Anayansi me mostro
los principios básicos del estilismo, pasaba la semana juntando heno fino para
simular cabello, las tijeras de Anayansi se dañaban constantemente debido a
esto pero Esther por alguna razón se limitaba a sustituirlas sin decir palabra
alguna, al completar el tiempo necesario para obtener la carta de competencia
escuche la última conversación de Esther y Anayansi. Esther nunca quiso ser estilista,
soñaba con casarse y vivir en una granja con su esposo e hijos, así que se
prometió no condenar a nadie más a una vida de esclavitud como la que ella tenía,
pero al ver lo talentosa que era no pudo evitar pensar que quizá con un poco de
suerte se quedaría en el palacio a vivir y tendría una vida mucho más digna.
Mientras ella seguía cargando con el peso de la esclavitud que el ducado le
otorgaba por haberle pagado los estudios cuando aún era muy joven. Seguidamente
se llevaron a Anayansi al palacio, nunca regreso al ducado.
Celesa
I
La capital real es un lugar enorme, alguien
como yo nunca habría soñado que cosas como las que veo existieran si quiera,
maravillosos carruajes bañados en oro, calles perfectamente adoquinadas con
piedras que encajan de forma perfecta unas junto a otras, y los peinados más
extravagantes que jamás haya visto, no voy a negar que maldije mi suerte el día
que la duquesa me eligió para ser aprendiza de estilista, tampoco negare que lo
hice de nuevo al descubrir mi talento para el esto, pero ahora luego de varios
meses de estadía aquí en Celesa agradezco la oportunidad que creí sería mi
mayor desdicha.
II
Es curiosa la estructura social de esta ciudad,
tras un largo año de aprendizaje descubrí la importancia que tenemos los estilistas
fuera del ducado, puedo decir dos cosas. La primera: mientras más extravagante
el corte más rango social ostenta la persona, el solo hecho de ver una
cabellera que supere los diez centímetros de alto supone un estatus social que
por lo menos rivaliza con el de la duquesa de Aldavia, y por supuesto solo
puede ser creación de un estilista con mayores habilidades que Esther, en esta
ciudad incluso la servidumbre tiene ligeramente retocado el cabello. La
segunda: Los estilistas son todos de personalidad desagradable, utilizan ropas
ostentosas, ademanes estilizados y en general ven con desprecio a todos los que
no ostenten un corte de cabello que denote estatus social, están los que tienen
habilidad similar a la de Esther que cortan a la servidumbre y enseñan en la
academia Real de estilismo, luego están los estilistas habilidosos, dedicados
enteramente a la nobleza, y aún hay algunos que tienen el privilegio de
trabajar para la alta nobleza, finalmente están los estilistas reales aquellos
a quien el rey en persona selecciona para atenderlo a él y a toda su corte. Entre
conversaciones de los demás aprendices he escuchado de estilos que exigen
tinturas como las de la ropa, pájaros, pieles, flores, joyas, piedras
preciosas, miniaturas y un sinfín de cosas que no había pensado se pudiera
colocar en una cabeza.
III
El ultimo edicto del rey hay sido de lo más
extraño, prohíbe a la servidumbre obtener un corte que no sea realizado por un
estilista, pero es ridículo, quien más puede hacer un corte?, tras dos años en
la academia puedo por fin hacer estilos sencillos que se elevan aun a los siete
centímetros, se me es permitido hacer cortes a la servidumbre más desposeída,
retoques simples siempre bajo la observación de Edith la supervisora de aprendices
de segundo año. Nos está completamente prohibido salir, pero he visto marcas de
barro en las botas de Antonio y algún otro de sus compinches, tampoco podemos
ejercer el uso de las tijeras o artículos de estilo sin el consentimiento de
Edith.
IV
Han expulsado a Antonio, le descubrieron
entrando del exterior con un par de tijeras de estilismo y restos de cabello en
las vestiduras, tenemos totalmente prohibido ejercer sin supervisión, el
regresara a su ducado, cargado en vergüenza y con una deuda que no podrá pagar
en 10 generaciones, una lástima. Dicen que en el siguiente año de la enseñanza
utilizaremos las tinturas y algunas joyas. Todo estudiante que se precie
debería ser capaz ya de realizar estilos y peinados que superen los doce
centímetros en texturas onduladas y con un volumen decente, creo que en este
punto he igualado las habilidades de Esther. He oído rumores sobre un mercado
negro de estilismo, en el que se venden productos robados, y en el que los
aprendices mediocres ejercen sin la autorización adecuada. Me han recortado el
nombre a Anya, según dicen suena más noble, a mí también me lo parece.
IV
Hay distintas sustancias que se pueden usar
para hacer un peinado, una pasta clara semejante a la nata que resulta de la
mezcla del aceite de coco y la sábila provee una textura suave pero firme se
remueve con agua, hay una mucho más espesa que según me dijo la servidumbre se
hace con base en maíz o cebada y vinagre que endurece el cabello a tal punto
que los peinados duran días o hasta semanas dependiendo la calidad del vinagre,
los granos, el tiempo que tenga de haberse preparado y la cantidad de veces que
se enjuague el cabello, derivada de esta mezcla está el agua para fijar que se
prepara mezclando una cucharada en un jarrón de agua hirviendo, esta endurece
mucho menos el cabello y es la elección popular puesto que en un par de días
pierde su efectividad, las tinturas son por mucho el secreto mejor guardado por
quien lo fabrica, alquimistas, comerciantes, cazadores y brujos sueñan con
descubrir el próximo tinte exclusivo y hacerse ricos con las ventas, quien sabe
cuántas vidas se han sacrificado para proteger el secreto de la creación del
tinte rojo sangre que utiliza la alta nobleza en sus vestiduras y peinados, sin
mencionar el purpura que solo la corte puede costear. Sabiendo todo esto es muy
sencillo distinguir a un pobretón de un adinerado, basándonos en tres sencillos
pilares. Primero: la calidad del peinado que obviamente indica la habilidad del
estilista que lo realizo. Segundo: los colores de la tintura utilizados en su
peinado, verdes, amarillos y blancos son bastante comunes, rojos sangre y
purpura real por otro lado denotan riqueza. La Tercera: La fijación que se
utiliza, la servidumbre utiliza regularmente la pasta con base en vinagre puesto
que se limitan a gastar lo necesario para mantener el estilo, los nobles por
otro lado prefieren el aceite de coco con sábila. Claramente el factor más
importante es el estilista, sin nosotros poco podrían hacer los mercaderes con
sus tinturas y fijadores. El mercado negro sigue creciendo, fracasados y
aspirantes deshonran nuestra noble profesión haciendo cortes mediocres a gente
mediocre, se han publicado edictos cada vez más duros pero al parecer no han sido
fructíferos los esfuerzos que se hacen para parar este sinsentido. El próximo año
seremos estilistas debutantes, todo un espectáculo para la nobleza, la corte y
nosotros mismos, puesto que podríamos obtener el favor de la alta nobleza y aun
del rey si logramos impresionarlos con nuestros peinados y estilos, de ser así
el ducado recibirá una moderada compensación y nosotros podremos residir aquí
en Celesa.
La Corte real
Los estilistas nos levantarnos temprano, ya sea
que optemos por confiar nuestro cabello a un colega o nosotros mismos nos
hagamos el peinado del día, debemos hacerlo antes de las primeras luces del
sol. Luego de arreglarme el cabello tome mi carruaje de confianza en dirección
al palacio.
Las conglomeraciones se iniciaron cuando aún
estaba en la academia real, cada vez el vulgo se reunía mas a menudo en la
puerta del palacio al punto que hicieron insoportable la estadía cerca de las
puertas, para nosotros los estilistas las demandas de estos son un
despropósito, pero el rey ha tomado cartas en el asunto, le ha concedido
audiencia a quien dirige las manifestaciones. Hay una sola cosa que me molesta
más que los insulsos estilos y retoques de la servidumbre a quien por supuesto
nunca atiendo y es verlos juntos, el escándalo y la algarabía característica de
las clases sociales más bajas es algo que me enerva. La caterva se reúne frente
al palacio, para exigir que los edictos reales sean vedados por su majestad. El
gremio de estilistas por supuesto está de acuerdo con su majestad cada edicto
no hace sino reforzar lo que debería ser obvio, pero los cortes clandestinos
cada vez son más comunes, tanto ha sido así que, según escuche el otro día en
una conversación de allegados a la corte se está pensando en ejecutar a algunos
herejes que hablan sobre como el estilo no es necesario, no estaría de más en
mi opinión ejecutar también un par de los auto proclamados protestantes que se
reúnen en las calles y gritan sin sentidos durante horas.
Luego de obtener mi certificado de estilista me
veo constantemente en la necesidad de recorrer las calles y ver con mis propios
ojos el conglomerado que protesta frente al palacio, nadie tiene en absoluto
sentido del estilo he de agregar, lo lamento por ellos, estoy segura que cuando
comiencen las ejecuciones, el populo retomara las cosas que son menester, como
obtener un peinado decente y dejaran de sabotear a quienes a si tenemos asuntos
de importancia que atender.
Mientras caminaba hacia la corte no dejo de
pensar que peinado le haría a su majestad, la sala de audiencias está en el ala
sur, camine despacio para no alterar el silencio sepulcral que hay en esos
pasillos, no había nadie aun, es deber del estilista estar listo cuando su
majestad lo este, llegar antes siempre es distintivo de un buen estilista.
Finalmente su majestad aparece acompañado de
los miembros de la corte me encanta trabajar su sedoso cabello, mientras retocaba
el estilo de su majestad real, entro en la sala de audiencias el líder de los
protestantes y entonces lo vi por primera vez, maldita sea mi suerte, el único
error que he cometido en la vida fue enseñar la rudimentaria técnica que obtuve
para retocar cabello mientras me instruí en el ducado, y es el quien ahora
dirige este pandemonio, le he dado la espalda desde entonces, si llegara a
reconocerme estoy arruinada. Trajeron a un prisionero de las mazmorras, cabello
largo y maltratado. Su majestad dio indicaciones para que el protestante lo
peinara y estilizara.
Lava su cabello, le aplica agua para fijar,
mientras con un cepillo dentado da forma al cabello antes de que este se
endurezca, coloca joyas, mientras espera que el cabello se fije utiliza polvos
que saca de su bolsa para fabricar un tinte verde, que mezcla con el agua de
fijar. No puedo negar que el resultado es decente para un plebeyo cualquiera
sin instrucción alguna en el fino arte del estilismo.
Su majestad –Dice el protestante-, a través del
tiempo que se me permitió estar en las mazmorras he podido perfeccionar cortes
tanto para la servidumbre como para la nobleza y como puede ver, los cortes
dignos para la alta nobleza no están muy lejos de mi alcance, si pudiera
permitirme una licencia en las mazmorras le garantizo que puedo crear estilos
dignos de la alta nobleza y finalmente demostrar a todos aquí que es
perfectamente posible para cualquiera ejercer la profesión de estilista.
Los ojos de los altos nobles no denotan
sorpresa alguna, sigo retocando el maravilloso estilo de su majestad, afuera
las protestas siguen.
Dice usted que es posible realizar estilos
dignos de esta corte sin la instrucción que recibe un estilista. –Dijo Antonio
patriarca de la familia Cervantes que tiene una preciosa pajarera en su
cabello.
Mariana de Acinena soltó una carcajada, díganos
algo que no sepamos. –Dice mientras arregla los preciosos moños de encaje que
le adornan.
Los ojos del plebeyo se llenaron de angustia, y
trato de balbucear algo. –Todos pueden cortar cabello, el estilo no es algo
exclusivo de un estilista. –Dice con la voz quebrada.
A pesar de que lo dices es cierto, –Dice su
majestad mientras hace señales a la guarda imperial- El orden social debe
mantenerse hereje. Captúrenlo, córtenle la lengua y ejecútenlo.
El ahora prisionero farfulla la verdad oscura
que acaba de descubrir mientras yo siento un alivio al escuchar los gritos
desesperados del hombre ahogarse en los lejanos pasillos de la corte, he de
confesar que en algún momento creí que enseñar a un plebeyo a hacer retoques
básicos no tendría consecuencia alguna al reino, inocente de mí.
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