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Torpedo número 7

-Quisiera volver a hacer el amor con mi novia, ver sus pechos danzando y el sudor de su cuerpo caer por su silueta, encendernos como yesca seca y consumirnos una última vez en esta tumba de océano y piedra. Mis restos no serán velados y nadie vera mi rostro frio y endurecido por la muerte-. Hablaba recostado en su cama de sabanas blancas con rayas celestes, sesenta y siete centímetros de ancho y tan larga como para cubrir el metro setenta y cuatro que media, quedando solo unos pocos centímetros sin su cuerpo. Cuatro personas, o quizás, cuatro maniquís lo acompañaban en un camarote con paredes de hierro y un suelo húmedo que provocaba dolor de huesos, dos de ellos sentados sobre un borde que hacia las veces de banca, uno recostado cerca de una puerta blanca, con una ventana circular de vidrio, que daba aun pasillo obscuro que causaba la impresión de ser infinito, el ultimo, postrado sobre su cama, taciturno y sin expresión en el rostro como si hubiesen robado de su cuerpo la membrana u órgano o fantasma encargado de darle vida a su rostro. Hubo silencio y vacío después del comentario sobre hacer el amor, no logro conmover ningún rostro, ninguna boca, ningún corazón. El locutor del comentario, mientras el eco de sus anteriores palabras terminaba de dar sus últimos rebotes en la habitación y en los tímpanos de los inertes maniquís, pensó: -Como es posible recordar, como es posible pensar en un futuro, cuando la muerte, en el presente, ya ha puesto su fría y huesuda mano en mi espalda que aun esta cálida. Debería mantener inexpresivo mi rostro y caminar con pasos resignados y solemnes a ese paramo frio y pálido que llamamos paraíso o infierno-. No termino su pensamiento, las ideas se quedaron revoloteando como polillas siguiendo la luz de la salida al consciente. El pensamiento fue interrumpido por una voz ronca que se ahogaba en la flema acumulada por el silencio, su dirección, venia desde la puerta, el maniquí luego de estar encerrado en su capullo de silencio y frio, emergió con su metamorfosis como un humano. -Yo no quiero…-. Se detuvo para aclarar su congestionada garganta, y aprovecho la pausa para encender un cigarro y mientras el humo se estrellaba en el techo negro, el siguió con sus palabras. -Yo no quiero hacer el amor, no tengo un rostro que ponerle a esa mujer especial y aunque desee tener sexo, en este momento no hay nada que llene más mi ser, como una cena, una mesa llena de comida y mis padres y mis hermanos hablando; quien sabe que estarán comiendo y quien sabe que comerán mañana cuando mi cuerpo este sepultado, cuando las bestias del mar se alimenten de mi-. El cuarto se llenaba de las risas resignadas y doloridas de dos personas que, en la proximidad de la muerte, se atrevían a usar sus recuerdos cálidos para pedir un ultimo deseo, un momento cálido que como piedra en un zapato hacía que la resignación a la muerte se incomodara. -Nos hacemos daño amigo, pensar en futuros que no serán, solo hace más amargo y espeso el presente que si existe, lo vuelve jarabe de hiel en nuestras gargantas-. Dijo la voz que fumaba. -El presente ya es amargo amigo, el presente ya es hiel, con o sin él inútil esfuerzo de reconfortarnos con recuerdos añorados convertidos futuros deseados, nada hace más dura la muerte, nada la hace menos fría. La muerte es el fin, pero no del futuro, no de los sueños, porque el futuro nunca ha existido y no te parece curioso, que a pesar de que ningún futuro es cierto, siempre busquemos llegar a él-. Lo interrumpe la voz de quien esta sentado, el mas joven de los dos sentados, con su cara filosa y cuadrada pero aun de niño, su cabello rubio y sus ojos azules, denotaban un ser completamente recto y diciplinado; un paso al frente sin titubeos ni reproches, un paso más en dirección al abismo de la hemiplejia moral de quien la autoridad y la patria guían por una única senda. Pero basta de descripciones, escuchemos lo que la voz dice, porque sus palabras describen mejor lo que su rostro y postura dejan a medias. -No venimos a sonreír con recuerdos, ni a filosofar sobre nuestra voluntad de vivir, venimos para ser recordados como héroes para los nuestros y como verdugos de nuestros enemigos, nuestro futuro si existe y esta dictado por órdenes y por nuestra capacidad para cumplirlas, la situación acota nuestras posibilidades, desde que nos anunciaron que perdimos la guerra el camino se volvió recto y plano, los buques enemigos están cerca y podremos dar una último puñetazo en sus caras. Quien está arriba nuestro, decidió la muerte mas hermosa para nosotros, con sus añoranzas infantiles y banales solo ensucian nuestro propósito. El filo de sus palabras cortó en dos el aire que quedaba, de un lado el aire para quienes añoraban una muerte por que no consiguieron y del otro, quienes aceptaban la muerte con el excuse del orgullo. La situación no pedía a el ganador de un debate sobre la vida, irónicamente puesto en la mesa por la muerte, y llevado a cabo por los que viven. El tiempo pasaba y los nudos se consumían como cigarros en la boca de un nervioso fumador. Las palabras ya no se darían a esperar el fumador, quien, desde su posición cercana a la puerta, dijo con una media risa con la que expulso una nube de humo, nos decía. -Y aquí estamos, discutiendo en la muerte, la mejor forma de vivir. No soy licenciado, ni letrado, soy un soldado, educado y sencillo, con tradiciones familiares, pero en estos minutos me atreví a retar el problema mas grande de la vida, ella en sí misma. Escuche hablar a muchas personas que leen libros, hablaban del tal instinto de sobrevivencia, decían que era una fuerza, un impulso de coraje final, que sin pensar nos llevaba a extremos para preservar la vida. Tu amigo rubio, haces que ellos se equivoquen, el instinto no parece existir en ti, es como si hubiese sido extirpado de tu ser. Nosotros en cambio, queremos vivir y eso no hace añorar, y vivir, aquí dentro de la mente, unos últimos segundos de la vida por la que luchamos-. Su mano se acerca a su boca con un cigarrillo a punto de desaparecer, en su postura espera una respuesta del mas joven del grupo, el rubio de ojos azules. El chico por su parte, sin dibujar en su cara la confusión en su rostro preparaba palabra a palabra su siguiente discurso sobre diciplina, voluntad y orden, pero no fue su voz la siguiente en pronunciarse, la voz del tipo de la cama corrió a contradecir, pero no me adelantare a describir su discurso, escúchenlo con atención, pues no ha perdido su pose relajada de pueblerino despreocupado. -Te equivocas hábil fumador, tu y tus amigos que leen se equivocan. Soy una persona igual que tú, sencilla, sin estudio, sin libros. Pero se que te equivocas. El órgano que se encarga del antiquísimo instinto de sobrevivencia no ha sido extirpado de nuestro amigo de ojos azules-. Desde su cama pronunciaba esto mientras esos mismos ojos azules lo veían intrigados, no esperaba respuesta a su favor, desde su primer discurso esperaba dentro de su trinchera mental los ataques a sus argumentos, pero el discurso siguió, mientras el se doblaba para componerse y sentarse en su fría cama. -No fue extirpado, porque ninguno de nosotros tiene ese instinto. Nosotros, no sobrevivimos, nosotros vivimos. Es nuestra voluntad de volver a hacer las cosas que vivimos la que nos da la fuerza para soñar bajo esta tumba, es esa pequeña pero pesada probabilidad de volver a vivir, de volver a correr en el bosque, de beber agua fresca, de dar un beso la que no nos deja aceptar la muerte, te aseguro, que quienes sobreviven ruegan por su muerte-. Sus ojos se cruzaron con el azul perplejo del muchacho y este entendió que el torpedo había sido lanzado a su casco. -Si, tu no has vivido amigo, has sobrevivido todo este tiempo, metido en las decisiones y ordenes de quien se cree dueño de tu vida, eres demasiado joven y quizá olvidaste como jugar a la rayuela, pero tu voluntad es fuerte y te llevara lejos. Pero se te olvido vivir y por eso aceptas tu muerte, enarbolando en tu mano derecha un orgullo que no te pertenece, ese orgullo pertenece a quien decidió por ti-. Su mente inteligente y estudiada, sumamente ordenada estaba de repente, ofuscada, su mente quería correr y pasar unos días pensando en esas palabras, pero el tiempo se acabó, una alarma los llamaba a la sala de control, el ataque último, la muerte digna y orgullosa estaba empezando. Corrieron por el pasillo y los pasos metálicos sonaban en la fría caverna, llegaron a sus puestos, nerviosos y temblorosos, los cinco empezaron a mover palancas y a gritar el estado de las cosa. Los ojos azules a penas se veían en la obscuridad cavernosa de la cabina del submarino, mientras que detrás de el, una sobra que media un metro con setenta y cuatro centímetros lo toma por la espalda, tapa su boca y sin dejarle espacio para hacer fuerzas, este solo escuchaba una voz que le consolaba y reconfortaba. -Te quitaron la vida, te quitaron el don de decidir y de equivocarte, te implantaron una voluntad artificial, busca tu voluntad para vivir. La cámara se llenará de agua, la escotilla se abrirá y podrás salir, eres el torpedo numero siete. Nada hasta la superficie, no busques sobrevivir busca la vida-. Tras decir esto fue introducido en un pequeño tuvo. El camino a la superficie fue pacifico, sin mas ruidos que los de su corazón, a una distancia corta unos barcos que explotaban y un submarino que perdía la voluntad de vivir.

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